Marchas, protestas, mantas, plantones. Nos hemos acostumbrado a pensar al activismo como un proceso meramente de agitación social. Hemos aprendido que la sociedad debe de irrumpir las calles como la única forma en que puede hacerse escuchar y encontrar respuesta a sus demandas. En el mejor de los casos con un plan estratégico en mente; en el común de los caso, siendo arrastrada por la inercia, la cooptación o la coacción de dirigentes e intermediarios políticos.
Peticiones en línea, hashtags, likes. Las redes sociales han generado la ilusión de que podemos solucionar los problemas que a diario nos aquejan desde la ubicuidad de nuestro celular y la radicalidad de nuestros tweets. En el mejor de los caso, el ciberactivismo se ha limitado a compartir memes y noticias sobre temas políticos; en el peor, las redes sociales han servido para alentar la polarización, la discusión superficial y la viralización de fake news.
Entre la agitación y el espejismo, la inercia y la vanidad, nuestra generación ha desaprovechado valiosas oportunidades de protagonizar el cambio social. Para transformar nuestro entorno, la movilización y el manejo de redes es necesario mas no suficiente. El activismo requiere estrategia, organización, estructura, pero sobre todo claridad en lo que se persigue y un alto nivel de compromiso con nuestra comunidad.
No existen manuales ni maestros que nos enseñen a ser ciudadanos, el concepto de escuela es tan sólo un pretexto para compartir nuestro saberes, cuestionar nuestros métodos, desaprender nuestras rutinas, conocer y reconocernos en las luchas de otros y para seguir aprendiendo a construir un mundo en donde quepan muchos mundos.